Blog 2 - El idioma y la creación literaria

Resumen

El presente artículo, escrito en el marco del Dia del idioma español y el Día Internacional del Libro, ofrece un breve recorrido por distintas aproximaciones teóricas que han adelantado los mismos autores acerca de la creación literaria. 

Introducción

En el mundo hispánico, el Día del Idioma se celebra el 23 de abril para homenajear a Miguel de Cervantes. El 23 de abril es también el Día de la lengua inglesa, fecha en la que la cultura anglosajona rememora la muerte de William Shakespeare. El mismo 23 de abril se escogió para el Día Internacional del Libro, evocando asimismo las efemérides del Inca Garcilaso de la Vega. En Colombia, sin embargo, el Día del Idioma debería celebrarse el 17 de abril, no el 23, para conmemorar el fallecimiento de Gabriel García Márquez, el creador de Macondo, el autor de la novela más importante en lengua española desde los tiempos del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. 

Sí, el mismo que comprendió como ninguno que el oficio de las letras requería de un profesionalismo insoslayable, que la voracidad de la lectura era el único camino para la formación literaria y humanística, que toda buena literatura es de algún modo una transposición poética de la realidad, que hay que agarrarse a trompadas con las palabras para conseguir, después de muchas horas, el prodigio de un buen párrafo, que los escritores se hacen en la soledad del estudio, del trabajo constante, silente y disciplinado, nunca en los cocteles, ni bajo los reflectores, ni en las páginas sociales, ni  en las revistas de peluquería, mucho menos escribiendo a las volandas para cumplir con el plazo impostergable de algún premio literario. Solo así pudo recibir la mitad de los premios de este mundo y darse el lujo de rechazar la otra mitad.

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Es innegable, de otra parte, el impacto de Gabriel García Márquez en el campo literario de Colombia. Lo cual fue posible gracias a un trabajo de orfebrería con el idioma, de encantamiento discursivo. Una labor de alquimia que tomó años de maduración y que comprende al menos tres proyectos estéticos distintos: el fantástico, el realismo social y el realismo maravilloso. Una de cuyas tendencias más sobresalientes fue, sin duda, el abandono de la lengua escrita literaria y su traslado a los registros del habla.

De cualquier manera, lo que sí resulta común en estas celebraciones del Día del idioma y del libro es la presencia insoslayable de la creación literaria. Sin duda, uno de las grandes conquistas del lenguaje. Para descifrar el misterio de su existencia y de su prosperidad, es posible que no haga falta un crítico sino un detective literario. A García Márquez le fascinan los enigmas sin solución aparente, aquellos enigmas insolubles que escapan a las soluciones fáciles o difíciles de la lógica y la razón. El enigma puro, perfecto. Así pues, el asunto de la creación literaria puede verse como uno de esos enigmas insolubles que pueblan la obra de Gabo. Acaso por ello convenga dejar para después la lógica y el razonamiento de los teóricos, historiadores y críticos tradicionales, para intentar un acercamiento inicial desde el corazón mismo de la creación literaria y de los creadores.

Creadores como Horacio que es uno de los iniciadores de la dilatada y zigzagueante estela de poetas que se entregaron a la recia faena de reflexionar sobre la creación literaria, desde el corazón mismo de la creación. En rigor de verdad, su epístola no se escribe para los Pisones, eso es apenas un exótico pretexto, se escribe para que el poeta pueda anotar «que la poesía vuelve como la aurora y el ocaso»; para que recuerde que los antiguos invocaban a las musas y nosotros nos invocamos a nosotros mismos; para que ambicione la aventura de la palabra en el viento crucial de la mañana, donde perfuman menta y mejorana...  y todo el resto es literatura; para que confiese que persigue una forma que no encuentra su estilo, tal vez porque «relampaguea, huyendo, la palabra. El poeta la sigue. No la alcanza», pues, «a veces vuelan las palabras, como palomas que huyen de la torre, cuando el Ángelus bate sus campanas»; pese a ello, es el destino del poeta amar el ritmo y ritmar sus acciones, así como sus versos, pues es un universo de universos y su alma una fuente de canciones; en fin, se escribe la Epístola de Horacio para que el poeta pueda predicar la creación de mundos nuevos y el cuidado de la palabra, pues, en su concepto, el Poeta no es más que un pequeño Dios.

Otro de los grandes creadores latinoamericanos, piensa lo contrario. Anchuroso espacio que, en efecto, no ha dejado de recortarse. En la sociedad contemporánea, la creación literaria enfrenta una suerte de exilio interior, acaso más eficaz que el mismo destierro. Sin embargo, como señala otro poeta, la creación literaria se resiste a desaparecer, sigue hablando con autoridad, diciendo una verdad, expresando la voluntad y las opiniones de los individuos y de los pueblos; sigue hablando del mundo, de los hombres, de las mujeres, de la política, del corazón y los sentimientos, de los recuerdos y del futuro; sigue creando nuevos universos, renombrando la realidad, transformándola; sigue haciendo todo lo que le fue prohibido durante siglos.

La creación literaria, ese enigma insoluble, sigue moldeando con la arcilla del espíritu humano algo que no existía antes. «La palabra habría sido en el principio —recuerda el poeta— un símbolo mágico, que la usura del tiempo desgastaría. La misión del poeta sería restituir a la palabra, siquiera de un modo parcial, su primitiva y ahora oculta virtud. Dos deberes tendría todo verso: comunicar un hecho preciso y tocarnos físicamente, como la cercanía del mar». 

Un reducto de creadores honestos persiste en esta empresa. Aquéllos que no han olvidado «el problema del conflicto del corazón humano consigo mismo, que es lo único que puede lograr la buena escritura porque es lo único sobre lo que vale la pena escribir». Solo eso merece el sudor y la agonía de los auténticos creadores, aquéllos que no dejan espacio en su taller «a nada que no sean las viejas verdades y realidades del corazón».

Creación literaria, transposición poética de la realidad, adivinanza del mundo, como pensaba García Márquez; sueño dirigido, extensión de la memoria y la imaginación, palimpsesto en el que translucen los rastros —tenues, pero no indescifrables— de previas e infinitas escrituras, como conjeturaba Borges; antropología especulativa, como la llama Juan José Saer. Conviene echar mano en este punto del célebre prólogo de Borges a La rosa profunda. La segunda doctrina de la que habla Borges, la de la creación literaria como una operación de la inteligencia, está contenida, como nadie ignora, en el Método de composición del “El Cuervo”. Allí, Poe afirma, por ejemplo, que no se explica por qué nunca se ha ofrecido al lector un trabajo semejante. Ni inspiración ni posesión, más bien transpiración, reflexión, inteligencia y trabajo. El gran maestro mexicano Juan Rulfo, grande entre los grandes, era de la misma opinión. Rulfo le cierra la puerta a la inspiración, es evidente, sin embargo, ésta se mete por su ventana en forma de inconsciente.

En Augusto Monterroso, para seguir con el maestro de la brevedad, lo único que no era breve eran sus jornadas de trabajo, en su Decálogo del escritor afirma con su humor característico: «aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche». 

García Márquez, buen discípulo de Rulfo, dijo lo mismo de otra manera: «el deber de un escritor consiste en escribir bien». Para lograrlo —sostuvo— «he tenido que someterme a una disciplina atroz para terminar media página en ocho horas de trabajo; peleo a trompadas con cada palabra y casi siempre es ella quien sale ganando, pero soy tan testarudo que he logrado publicar cuatro libros en veinte años». Con toda honestidad, también confesó que nunca hablaba de literatura porque sencillamente no tenía la menor idea de lo que era. Quizá porque se trata de un enigma insoluble, como he dicho al principio, o porque —como presintió Aureliano Babilonia en una de las últimas madrugadas de Macondo— la literatura no debe ser otra cosa que el mejor juguete que se ha inventado para burlarse de la gente.

A modo de cierre

Con miras a seguir estudiando ese juguete del idioma, la Maestría en Literatura y Escrituras Creativas, el Departamento de Humanidades y Filosofía y el Instituto de Idiomas de la Universidad del Norte convocan al VII CONGRESO INTERNACIONAL: LITERATURAS DEL SIGLO XXI. Octubre 24 y 25 de 2024. El Comité Científico del evento aceptará propuestas de ponencias que permitan hacer un balance crítico de las diferentes expresiones literarias de este primer cuarto de siglo. Analizar y comprender las nuevas tendencias de la literatura mundial en su diálogo amplio con el Gran Caribe y las letras hispanoamericanas.

 

Los esperamos, entonces, en Barranquilla…

 

Orlando Araújo Fontalvo, Universidad del Norte

 

 

Las opiniones aquí expresadas son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan la posición de la Asociación Colombiana de Facultades de Humanidades y Ciencias Sociales, ni de su Consejo Directivo.